DIA A DIA *
Carlos J. Bianchi
Solo
unos pocos hechos, tienen la virtud y el poder de generar en el hombre
profundos cambios, verdaderas crisis vitales. Son estos acontecimientos,
oportunidades (no siempre aprovechadas), para crecer y otorgarle a nuestra
existencia un sentido que rebase el individualismo egoísta con que
habitualmente nos movemos. Entre ellos se ubican por su trascendencia: el
nacimiento y la muerte de un hijo. Signado el primero por la felicidad y el
segundo por el pesar de la pérdida. Ambos por el amor. He tenido que
experimentar a lo largo de mi vida las dos emociones, desde ya la última, no
deseada. Si Alguien, (con mayúscula) me propusiese volver el tiempo atrás y
repetir la historia con su mismo desgraciado final, yo aceptaría, porque
remedando a J. L. Borges diría: "he preferido ser
feliz y desdichado, a no ser ninguna de las dos cosas". Cuando Martín
partió, el dolor, el resentimiento, la impotencia, la desesperanza se adueña de
mí. De nada valieron en ese entonces el cariño de los seres queridos que aún me
quedaban: mis otros hijos, mi pareja, mis padres, algunos pocos amigos...
Necesité tocar fondo, vomitar hasta el hartazgo esas emociones que me
envenenaban, despojarme de ellas hasta quedar como quedé: vacío, sin fuerzas ni
ganas de seguir... Al cabo de algún tiempo, (no fue poco), comenzó a disiparse
esa densa bruma, con dificultad me puse de pié. La vida se ajetreaba a mí
alrededor. El mundo no se había detenido. Yo mismo, con mi gran dolor estaba
vivo. Necesitaba replantearme muchas cosas, pero fundamentalmente como seguir
sin él, sin su tierna presencia. Si mi vida hubiese de continuar, debía ser de
la mejor manera posible. Aprendí a evitar las conductas autodestructivas, a no
asumir un papel de víctima, a no mendigar una limosna de afecto porque
comprendí que no era yo ni mi dolor tan importante para los demás, como para
que me dispensaran demasiado tiempo. Cada cual tiene sus penas, pensé. Seguiré
mi camino con dignidad, con la frente alta. Es cierto, dolorosamente cierto que
he perdido un hijo pero no seré por ello un inválido ni reclamo de la sociedad
un tratamiento especial. No he de incomodar a nadie con mis queridos recuerdos,
y podré además escuchar a otros en el relato de sus desventuras y hasta
asistirlos tal vez ya que el sufrimiento ha sido para mí una escuela de vida venturas y me ha sensibilizado de un modo especial
frente al dolor de los demás. Es como si un velo se hubiese disipado
despojándose de urgencias materiales. Enseñándome que la vida es presente, que
la vida es hoy, que hoy es el único día del que soy realmente dueño, y es aquí
y hoy, donde se manifiestan mis emociones. En esta realidad no caben las
postergaciones ni las promesas, (que son una especie de sentimientos posdatados
y muchas veces incumplidos). Hoy soy libre de ser quien soy, de expresar mis
sentimientos con claridad, de decir que sí, de decir que no, de evocar la
imagen de mi hijo y sentir en mi cuerpo la tibieza del vínculo y el amor
recíproco, de elegir mi camino y tomar determinaciones sin que estas incluyan
necesariamente las expectativas de la sociedad. Martín se fue y al partir me ha
abierto una pesada puerta de apegos y prejuicios, enseñándome a vivir
intensamente mi presente, con plenitud, con libertad, como él lo vivió, con
actitud dadora, cordial, espontánea, sensible, dejando de lado mezquindades y
temores, eligiendo vivir a dudar. Hoy el futuro no es más mi verdugo, es en
todo caso una dulce promesa de reencuentro. Hoy ésta es mi verdad y el recuerdo
de mi hijo y de su hombría de bien me asisten permanentemente. Hoy este es el
camino que me acerca a él. Sin pausas, sin urgencias...día a día.
* aporte del Dr. Bianchi para el Boletin mensual del grupo RENACER